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PUNTO DE RUPTURA

 

- Hace mucho, mucho tiempo -

Llegando a toda prisa por el oscuro corredor, un joven vestido con una chamuscada toga de cuello abierto se adentró a toda prisa en la habitación. El golpe sobre la puerta retumbó con tanta violencia que incluso tapó el incesante ruido de la batalla exterior. Arrastrándose por el suelo mientras dejaba un fino rastro de sangre a su paso, se levantó para dirigirse hacia una menuda muchacha de mirada tan fría como bella. Su piel de mármol se exacerba ante el crepuscular oscuro de su cabello recogido en un hermoso moño. Esbelta cual gacela y con posado firme, lucía la espada en su cinto y su petate de guerra con toda naturalidad, observando el asedio nocturno desde lo alto de la torre. El cielo, teñido por la crepitante luz de las llamas, ardía en bolas y flechas de fuego que terminaban por impactar en la roca y sobre los poderosos escudos de hielo de los maestros.

—Los que hoy no son escuchados, mañana serán venerados. Todo escrito es… cierto —murmuró inquieta e ida, reflexionando para sus adentros. Su rostro serio y preocupado viró junto al ver al muchacho acercarse con la ayuda de algunos de los soldados presentes. Una inusitada amabilidad floreció en su mirar.

—Los muros no resistirán mucho más, guardiana Lareya —dijo él.

—¿Todavía no han llegado? —preguntó mordiéndose el interior de sus finos labios.

—No, mi señora —respondió agarrándose su sangrante clavícula con una mano ennegrecida como el carbón. Asintiendo apesadumbrada, la joven se acercó a él y posó la palma sobre el dorso quemado. Comenzando por un dolor lacerante, una fina escarcha sanadora le recubrió la piel para conseguir un profundo alivio que le recorrió el cuerpo entero—. Gracias, guardiana.

—No dejéis que pasen, ¿entendido? —ordenó elevando la vista hacia los demás.

—Sí, guardiana Lareya.

—Sí —asintieron al unísono el pequeño grupo de soldados. Acto seguido, dieron media vuelta y enfilaron el paso hacia el corredor mientras ella volvía hacia la ventana.

Irguiéndose con gran pundonor pese a la fatiga y las heridas que todavía estaban sanándose, el recién llegado se dispuso a marchar.

—Maestro Tennar, aguarda. —Le detuvo—. Mucho me temo que esta vez estamos solos. El tiempo de los Guardianes de la Luz llega a su fin, como también el de los maestros.

—¡Pero, mi señora!, ¡podemos ganar la batalla contra la Llama!

—Este mal no es foráneo ni desconocido. Tampoco trata de batalla ni guerra alguna; se gesta en nuestras entrañas. Y esto no es más que el principio —susurró. Luego negó cabizbaja—. Primero fueron los oscuros, las sombras… luego las bestias y ahora nosotros mismos. El deber de un guardián debería ser superior a cualquier reino —se lamentó en voz baja. Dando por terminada su reflexión, retornó a su carácter valeroso y decidido—. La humanidad está perdiendo su luz, pero un día volverá y deberemos estar preparados. Sé lo que debe hacerse. —asintió convencida—. Las profecías de Kawg lo predijeron; por ello debo partir hacia las aguas sagradas de los montes y hallar el modo de hablar con los antiguos guardianes del Hielo. Quizás luego deba marchar hacia el templo. Los guardianes no estamos para esto, ni deberíamos estar divididos; mucho menos, enfrentados —asumió mohína y pensativa, ajena a la escabrosa realidad de fuego y hielo que se vivía en el exterior—. Es… el ciclo. El mundo es hoy distinto al de ayer y todo cambiará a partir de ahora —prosiguió, alzando la cabeza para terminar clavando su mirada en él—. Deberéis resistir este asedio sin mí y sé que lo haréis. Saila y tú comandaréis desde este momento la resistencia de la Isla del Hielo hasta mi vuelta.

—P-pero… todos los reinos están en guerra, mi señora —replicó asustado. —¿Cómo pensáis hallar el modo de…?

—La luz siempre encuentra el camino, maestro. Recuérdalo hasta el fin de tus días; entonces te unirás a ella. —Le sonrió con arrojo y bondad—. Sé que lo haréis bien, así que borra el temor de tus ojos.

Llevándose el puño al pecho con un golpe, Tennar asintió al tiempo que golpeaba el suelo con el pie. —La casa Izotza peleará y defenderá nuestro hogar con valentía, orgullo y honor, mi señora.

—No espero menos —concluyó posando la mano sobre su hombro ya revitalizado. Tras ello, arrancó a andar hacia el corredor oscuro y desapareció sin echar la vista atrás.

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