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Aelo se giró y dirigió hacia el brujo, que esperaba paciente en estado de meditación. Una risa al final de la sala alteró en ingrata sorpresa el equilibrio ambiental. Intrigados, los tres se miraron a través de los barrotes. ¿Acaso no estaban solos? Se preguntaron volviendo su cabeza hacia la oscuridad del final de la sala, de dónde provino la misteriosa voz. Erbon se alzó y, guardanotas en mano, guardó su preciado objeto en la casaca.

 

- El maestro inquisidor... - Dijo una voz vieja, sesgada y pausada, profunda y en eco, desde las sombras de una lúgubre celda al final del pasillo. No se observaba nada en ella. - En el momento en que esa vil rata inmunda subió al poder en Somian, los fanáticos expiadores se hicieron con sus calles. Mercenarios, canallas, rastreros sedientos de odio. - Espetó iracundo y despreciativo en sus palabras. - Arremeten contra las poblaciones libres en busca de sensitivos. Cada vez que creen tener a uno de ellos, en su mayoría niños, aparecen los purificadores para encargarse de él. Purificadores... inquisidores, qué más da. Raras veces aparece un inquisidor. Os tendrán en alta estima, sí señor. Sí señor. - Murmuró bajando su tono paulatinamente.

 

- Dime, quién seas ¿Quién es ese purificador? Y... ¿Y corremos peligro? - Preguntó Belgar intrigado y amedrentado a la par. Una escueta y macabra risa reverberó por las paredes hasta llegar a sus oídos. Acongojado, tragó saliva mientras observaba el agujero de oscuridad. En la celda de al lado, Aelo se sentó en la incómoda y medio podrida cama de madera.

 

- No debe preocuparte el peligro ni el dolor. - Prosiguió la voz en la oscuridad. - Ya estáis muertos.

 

- ¿¡Qué!? - Gritó estremeciéndose y apretando con gran fuerza los fríos barrotes. - ¡Y una mierda! ¡Me niego a morir en una sucia, apestosa y mohosa celda!

 

- Tiene razón. - Dijo el brujo cabizbajo y hablando con calma. - Los inquisidores... o altos purificadores son cinco. Peligrosos como ni tu mente osa imaginar. Una pesadilla vuelta en realidad. - Susurró serio y alicaído. - Los purificadores son aquellos, dentro de la orden de los fanáticos, con las habilidades para optar... - Pensativo y apesadumbrado agachó la cabeza enmudeciendo unos instantes. - Básicamente se disponen a llegar algún día a ser un inquisidor. Medrar en el escalafón... - Esclareció ante la aterrada y confusa mirada del pintor. - Dícese de ellos que siempre son dos. Dos por cada inquisidor; uno que encarna el poder, dos que lo anhelen y luchen por él. - Otra escueta risa macabra surcó el calabozo desde la oscuridad. - Los inquisidores antaño fueron grandes brujos. Héroes de grandes guerras, supervivientes de la gran masacre... hasta que, viéndose entre la espada y la pared, sucumbieron ante los encantos del poder de la oscuridad y la sangre. - Se lamentó apretando con fuerza el puño. - Ahora, su destino se bate entre sombras y delirio de poder. Sus habilidades, nacidas de viles tretas y pactos con las tinieblas distan de la pureza de la sensibilidad de la antigua orden. El dolor y la muerte son sus señas de identidad allá dónde pisan. Capaces de extraer y dominar el lumen a su voluntad, se nutren de la tortura a los sensitivos. A cuanto más consumen, más poder obtienen. Por dónde transcurre su paso, no queda sensibilidad ni vida en pie. - Alzó su mirada hacia el acoquinado pintor, que le escuchaba y observaba con auténtico pavor en su joven rostro. - Si uno solo de ellos viene hacia aquí estamos perdidos.

 

- Pues estamos jodidos. - Murmuró Belgar, abatido y conmocionado, dejándose caer sobre el gélido suelo. - Sabes... - Señaló al brujo chasqueando los dedos.

 

- Erbon. - Expresó con cierta apatía y desgana.

 

- Eso. - Alzó la mano abierta. - Erbon. Por supuesto todo cambia, pero siempre pensé que vosotros erais un poco los malos. A decir verdad, estaba convencido. Desde que nos alcanza la memoria en la penosa historia de mi familia, los sensitivos siempre habéis sido una fuerza supremacista que solamente velaba por sus propios intereses. Ahora mismo, no veo la diferencia con nuestra situación actual. Es un poco paradójico, ¿no? - Dijo con una sonrisa sarcástica.

- El poder corrompe, querido Belgar. - Asintió Aelo, estoico y sin moverse un ápice de su sitio. - Cuando yo nací, las guerras habían terminado hacía largo tiempo. Vagos y borrosos recuerdos de mis padres guardo en mi mente. En esos tiempos de reconstrucción y zozobra, una oscura orden anidó en mi destino, desviando y corrompiendo mi espíritu. - Suspiró con la mirada gacha y apesadumbrada. - O quizás simplemente fui yo quien se desvió... - Reflexionó. - En todo caso, si algo sé con certeza es que mi padre era un sensitivo en el Templo de Ul y ninguno de ellos pisó nunca dicha orden que tu familia estima. - Espetó con fuerza mirando al pintor. - Dudo que las historias que se nos han narrado sean ni parcialmente ciertas. Largas charlas mantuve respecto a eso con el sabio. - Apuntó. Belgar se sorprendió de ello. - El adoctrinamiento es la clave del control para cualquier sociedad. Alienar un pueblo con un objetivo común, un cabeza de turco... un movimiento de unión contra el enemigo... es un movimiento inteligente y despiadado, a la vez que oscuro y peligroso. No todo vale en este mundo. - Se lamentó mientras se rascaba la sangre seca de su rostro. - Por ese motivo debemos restaurar el orden y encontrar al rey. Por el reino y las tierras libres. - Concluyó virando su decidida mirada hacia el brujo.

 

- Espera, espera, espera. ¿Me estás diciendo que tienes como que... más de doscientos o trescientos años? - Se levantó sorprendido. Por su parte, Erbon lo observaba en silencio tras dirigirse hacia la puerta de su celda e inspeccionarla a fondo. [...]

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