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- Por ese motivo a todas estas tierras las llamamos tierras firmes y es que, más allá de la inmensidad de las aguas marítimas, se desconoce el paradero de más grandes superficies de tierra. - Decía entre grandes y teatralizados gestos. - A excepción de las tierras quebradas, hogar de los primeros elfos, claro está. Pero que no os engañen mis palabras, pequeños, sabed que las lenguas antiguas narran historias sobre una civilización perdida, más allá del gran muro de montañas escarpadas que da paso a las cascadas infinitas, en un lugar del cual se dice que siempre llueve y del que el retorno... es imposible.

 

- Guau, uala... - Exclamaron asombrados los cuatro.

 

En ese momento de mágico embelesamiento, uno de ellos desvió la mirada hacia la entrada, en dónde Erbon restaba expectante esperando que terminaran. Alzándose del suelo, el niño se acercó al buhonero y le susurró al oído. - Está bien niños. - Dijo levantándose de su silla tras escuchar al pequeño. - A vuestras casas. Mañana más y mejor, ¿está bien?

 

- Sí. - Contestaron al unisono.

 

Contentos y radiantes, los dos niños y la niña abandonaron el cubierto y comenzaron a correr por el llano entre carcajadas y gritos. Dejando la silla a un lado, Sasha se irguió con galantería para dar la bienvenida a su cliente. - Ah... niños. - Dijo viendo como se alejaban. - Es bueno que al menos reciban algo de educación. Disculpe. - Le reverenció con una sonrisa. - Bienvenido sea buen hombre a mi humilde tenderete. - Dijo en tono comedido y elegante. - Déjeme confesarle que es extraño de atisbar foráneos por estas tierras de costoso paso y albo encanto.

 

La corrección en su habla, el comportamiento instruido, educado y elocuente en sus palabras, sorprendió de buenas a primeras a un Erbon que profirió un tíbia sonrisa de agrado. En ese valle, al igual que en la mayoría de pueblos y fuera de palacio, era inusual encontrar tal modo y cortesía. Sin duda le gustaba, pues desde su marcha desde el reino de Boren nadie le había proferido tal belleza en el proseo. - Deduzco por su hacer... que tampoco es que sea usted de aquí cerca me temo, mi buen señor.

 

- Cierto es en parte. Hijo de tierra olvidadas e instruido en la bella Krinna, mi buen señor. Aun de buena alcurnia, un humilde empresario ambulante soy. Y como buen negociante, tratando de ganarme el pan como bien se puede, de un sitio al otro me muevo cuál pájaro en migración constante.

 

- Curioso es de ver a un humilde mercader de alto abolengo en tierras tan inhóspitas. - Le sonrió gesticulando con gracia. - Pero qué decir que me agrada que así sea. Bien es entonces que puedo afirmar que he caído en el lugar y el momento indicado, pues de su ayuda y extensa sabiduría preciso.

 

- Dígame entonces... ¿Que requiere un joven apuesto y ducho como usted? Poseo de ocio... a libros y recetas. - Con sus manos repasó los enseres expuestos en su puesto ambulante. - De artilugios a ropajes que pueden ser suyos por un módico precio. ¿Qué querrá usted, mi buen señor? - Sonrió con rostro benévolo y amable.

 

- Nada de eso preciso. Más el camino hacia Temp'ad Ul es lo que busco buen mercader. Ese es mi único deseo y petición.

 

- Una petición poco frecuente y más en estos lares si me permite la dicha. - Dijo en gesto alegremente sorprendido. - Del valle la gente no suele salir y tampoco nos engañemos, el mundo ha soterrado su existencia. Ni entrada ni salida nadie conoce más bien que un servidor; así pues, al lugar adecuado ha acudido usted, joven. Arduo camino aguarda tras las primeras nieves del invierno, más su tiempo apremia si ese es su objetivo. Parta mañana a las primeras luces del alba sin demorarse un solo instante, si me permite aconsejarle. Bien es que como comerciante que soy, en mi humilde opinión, una retribución mereceré por dicha información. - Dijo Sasha con magnánimos movimientos y gestos, haciéndose a su vez el remolón con una larga sonrisa en los labios.

 

- Así será si así lo pide, más cuidadoso sea con dicha información. A saber usted, que de delicada naturaleza es mi misión.

 

- Si veinte draknas le parece un precio justo, tengo aquí mismo la información para su inminente y afortunado trayecto.

 

Erbon sacó de uno de los bolsillos de su casaca una bolsita de cuero con dinero que abrió frente a sus ojos. De ella sacó unas monedas y luego vertió todo el contenido sobre la palma de su mano. - No poseo ahora mismo más que doce draknas y cincuenta deros. Si fuera tan amable puedo asegurarle que mis misiones son de altiva importancia y de celeridad requieren.

 

- No sería yo buen comerciante si a una rebaja como esa no hiciese frente, y tampoco sería buen vecino si mis oídos tapase ante dichas necesidades. Confieso y hago bien en decir, que usted me agrada mi buen señor. Atisbo en su mirada la ejemplar confianza de una época pasada, y aun en su juventud, de sabiduría e instrucción posee conocimiento, por lo que deduzco que, de algún modo, dinero tendrá. Júreme, que si nos volvemos a encontrar, la cantidad íntegra de esta transacción me abonará, pues la palabra es el sello sagrado que a todas las razas une. Por ahora guárdese sus monedas que yo le fío, no se preocupe.

 

- Un inusual y gran gesto de buena voluntad por su parte señor. - Erbon, muy agradecido, le hizo una solemne reverencia con la parte superior de su torso y la mano en el corazón. - Su buen hacer será sin duda recompensado a su debido momento. Le doy mi palabra.

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